hipocresía santurrona, Rey y su Anacleto coyuntural
por: Cesar Hildebrandt
Una de las pruebas que tenemos los agnósticos para dudar de la existencia de Dios es la existencia de Rafael Rey. Con todo el derecho del mundo, uno podría preguntarse: ¿Dios puede parecerse a Rafael Rey, en el caso de que haya hecho al hombre a su imagen y semejanza?
Se trataría de un infundio de alcances divinos. ¿Dios, acaso, puede ser un hipócrita redomado, un amnistiador de asesinos con cara de mosquita muerta, un defensor de la corrupción mientras se golpea el pecho? No, seremos agnósticos pero no queremos ser blasfemos.
El Opus Dei le ha prestado al Apra a Rafael Rey. Es curioso que el partido que se opuso a la entronización del corazón de Jesús y que se considera heredero del laicismo rabioso de Manuel González Prada acoja hoy en su seno a un santurrón de dientes para afuera –porque de dientes para adentro es un franquista convicto y confeso y un pinochetista in péctore–.
Pero al Opus Dei lo que le interesa es el poder. Ya tiene a la santa iglesia en sus manos y ahora ha puesto un pie en el gabinete del doctor García, a quien le ha dado, al filo de los 60, por invocar a Dios y persignarse. Al fin y al cabo, en esta era de capitalismo a lo bestia, nada como el Opus Dei para apaciguar el ánimo de los miserables, ratificarles la promesa de un cielo próspero y un más allá abundante y dotar a los que cortan el jamón de la mejor coartada: Dios quiso que hubiese pobres y la riqueza depende sólo del empeño que se ponga en el asunto.
Rey es un faquir del sexo, un novio de sí mismo y, por lo tanto, un histérico en potencia. Basta recordarlo haciéndose el boxer tailandés con Natale Amprimo y levantándole la voz a los periodistas que le tartamudean para imaginar que detrás de esa máscara beata borbotea un mar de hormonas de vocación piroplástica. Eso lo dota de una inmensa capacidad para el trabajo, es cierto, pero también de una disciplinada envidia por la sensualidad de los otros, la vitalidad pareada de los otros, el goce en maridaje de los otros. Como para Sartre, para Rey el infierno son los otros. Por supuesto que él piensa que es un privilegiado porque Dios le dará siempre una mano.
Allá él. Será santo en materia de abstinencia y Calígula en materia de política, dado su paso traidor por Libertad, su paso de ganso cuando desfilaba para Fujimori y su actual paso de bisonte americano al ritmo de la marsellesa con minúscula.
A la muerte del Papa Honorio II, en el 1130, una fracción mayoritaria de cardenales escogió como sucesor a Inocencio II y otra al cardenal Pedro de Leone, que tomó el nombre de Anacleto I. Este último tomó el gobierno de Roma e Inocencio II hubo de huir a Pisa para salvar su vida, porque en esos tiempos las cosas de Dios se resolvían sólo con arma blanca. Si Rafael Rey hubiese vivido en esa época no tengo la menor duda de que habría estado con Anacleto, a pesar del origen turbio de su poder. Hoy en día su Anacleto de turno se apellida García.
Se trataría de un infundio de alcances divinos. ¿Dios, acaso, puede ser un hipócrita redomado, un amnistiador de asesinos con cara de mosquita muerta, un defensor de la corrupción mientras se golpea el pecho? No, seremos agnósticos pero no queremos ser blasfemos.
El Opus Dei le ha prestado al Apra a Rafael Rey. Es curioso que el partido que se opuso a la entronización del corazón de Jesús y que se considera heredero del laicismo rabioso de Manuel González Prada acoja hoy en su seno a un santurrón de dientes para afuera –porque de dientes para adentro es un franquista convicto y confeso y un pinochetista in péctore–.
Pero al Opus Dei lo que le interesa es el poder. Ya tiene a la santa iglesia en sus manos y ahora ha puesto un pie en el gabinete del doctor García, a quien le ha dado, al filo de los 60, por invocar a Dios y persignarse. Al fin y al cabo, en esta era de capitalismo a lo bestia, nada como el Opus Dei para apaciguar el ánimo de los miserables, ratificarles la promesa de un cielo próspero y un más allá abundante y dotar a los que cortan el jamón de la mejor coartada: Dios quiso que hubiese pobres y la riqueza depende sólo del empeño que se ponga en el asunto.Rey es un faquir del sexo, un novio de sí mismo y, por lo tanto, un histérico en potencia. Basta recordarlo haciéndose el boxer tailandés con Natale Amprimo y levantándole la voz a los periodistas que le tartamudean para imaginar que detrás de esa máscara beata borbotea un mar de hormonas de vocación piroplástica. Eso lo dota de una inmensa capacidad para el trabajo, es cierto, pero también de una disciplinada envidia por la sensualidad de los otros, la vitalidad pareada de los otros, el goce en maridaje de los otros. Como para Sartre, para Rey el infierno son los otros. Por supuesto que él piensa que es un privilegiado porque Dios le dará siempre una mano.
Allá él. Será santo en materia de abstinencia y Calígula en materia de política, dado su paso traidor por Libertad, su paso de ganso cuando desfilaba para Fujimori y su actual paso de bisonte americano al ritmo de la marsellesa con minúscula.
A la muerte del Papa Honorio II, en el 1130, una fracción mayoritaria de cardenales escogió como sucesor a Inocencio II y otra al cardenal Pedro de Leone, que tomó el nombre de Anacleto I. Este último tomó el gobierno de Roma e Inocencio II hubo de huir a Pisa para salvar su vida, porque en esos tiempos las cosas de Dios se resolvían sólo con arma blanca. Si Rafael Rey hubiese vivido en esa época no tengo la menor duda de que habría estado con Anacleto, a pesar del origen turbio de su poder. Hoy en día su Anacleto de turno se apellida García.

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