8 de febrero de 2007


YEGUA DE TROYA
por: Cesar Hildebrandt

La doctora Hildebrandt estudió gratis en San Marcos. Se lo merecía por su talento privilegiado. Venía de un colegio particular, sin embargo.

Ahora, sesenta años después, la doctora Hildebrandt propone que los que vengan de un colegio particular pierdan la gratuidad de la enseñanza universitaria estatal.

¿Por qué no hizo esa propuesta durante el gobierno de su jefe político, Alberto Fujimori?

Porque Fujimori la habría mandado a callar de un sopapo.

Se lo propone entonces al Apra, que está en plan de Felipe González, como si este fuera el vecindario de Francia y Alemania y no el de Bolivia y Ecuador.

¿Es que la doctora Hildebrandt no sabe que hay colegios particulares muy discretos y cómodos en sus pensiones, colegios a los que acude gente modesta porque muchas veces los colegios nacionales no tienen cupo o porque los parroquiales sólo conciernen al vecindario que los rodea?

Claro que lo sabe. Lo que pasa es que la doctora Hildebrandt quiere ser la yegua de Troya, la caja china de las trampas del Chino. Si el APRA se atreve a hacer lo que Fujimori ni siquiera tocó, entonces tendremos, entre las clases D y E, la nostalgia rabiosa y con mocos por Fujimori, el jefazo de la doctora Hildebrandt.

Los chicos de Perú 21, que privatizarían todo como si fuera su propia ropa interior, están de acuerdo, claro. ¡Una Cepri para San Fernando, de una vez! –gritan los neoliberales que sirvieron en varias Cepris y hubiesen servido en varias comandancias de “General Victorioso”, (a) Hermosa Ríos.

Y hasta el ministro de Educación aprista, tentado de subirse a todos los coches que estén de moda, duda para pronunciarse.

Una cosa es que las universidades estatales se libren de los estudiantes crónicos y otra es que el dinero siga siendo, también en la educación superior, la barrera infranqueable de la legítima ambición. Una cosa es que los dirigentes senderistas sean barridos por la democracia en acción de los propios estudiantes y otra es que cavemos un poco más el abismo que separa a ricos y pobres.

¿Sabe la doctora Hildebrandt cuántos alumnos del Markham, el Roosevelt, el Peruano-Británico, el Newton, el Franco-Peruano, el Humboldt o el San Silvestre terminan ingresando a universidades estatales?

Claro que lo sabe. Sabe que son muy pocos, poquísimos. La inmensa mayoría de los estudiantes de los colegios ricos estudia luego en universidades de paga, que son salvajemente caras y exclusivas.

Y los que estudian en universidades estatales viniendo de colegios privados caros lo hacen porque la educación superior privada no atiende áreas como la ingeniería agrícola o porque sus familias han caído en desgracia económica y no pueden pagar tarifas tan discriminatorias.

El presupuesto para la educación en el Perú es el 3% del presupuesto total, uno de los más bajos de América Latina –incluyendo en la comparación a Bolivia y Ecuador–. La doctora Hildebrandt desea que ese presupuesto baje aún más y que los requerimientos de la universidad pública sean cubiertos por sus alumnos.

Mientras se alegran con la propuesta de la doctora Hildebrandt, los chicos de Perú 21, ya alcanzados por el derechismo pulguiento de los propietarios de Ojo, plantean una encuesta muy pertinente a sus lectores: ¿Crees que los penales deben pasar a la administración privada?

Pero, muchachos, ¡los penales ya están privatizados! Pertenecen a una sociedad más o menos anónima que presiden Carechancho, Negroibarra, Hijoeputa y Tripaloca, distinguidos propietarios de Lurigancho y directores de la Federación de Pymes Carcelarias del Perú. ¿No lo sabían?

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P.D. La doctora Martha Hildebrandt, suma intelectual de eso que la crónica policial insiste en llamar fujimorismo, dice que se educó en su casa hasta el segundo de secundaria. Bueno, pues: si eso no es educación privada –la que recibe uno en casita-,¿qué cosa es, entonces, educación de tal naturaleza? Dice que los tres últimos años de la secundaria los hizo en un llamado Colegio Nacional de Mujeres “porque no había colegios privados en esa época”. Lo que no dice es que el régimen del que fuera después Colegio Rosa de Santa María era uno que no excluía el pago de matrícula, pensiones y, por supuesto, útiles. Tampoco dice que la ley de gratuidad de la enseñanza se dio bastante después de 1939, año en el que ella terminó su ciclo de colegiala. De modo que la doctora Hildebrandt está mintiendo tan bien como cuando recibía la orden de su jefe de decir inmundicias sobre el Tribunal Constitucional al que había que enlodar y derribar para que el Chino volviera a candidatear (y para que Augusto Álvarez Rodrich siguiera haciendo negocios desde alguna Cepri, cómo no).

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